lunedì 2 marzo 2026

Epicoco sul Padre Misericordioso

Ci viene sempre da pensare che il protagonista principale della parabola del figliol prodigo sia appunto questo figlio minore che va via da casa sperperando il patrimonio di suo padre e vivendo come se proprio quest’ultimo fosse morto, infatti l’eredità ai tempi di Gesù la si poteva chiedere solo alla morte del proprio genitore. Ma la verità è che il protagonista di questa storia è l’amore di un padre che tenta in tutti i modi di farsi vicino ai drammi dei propri figli, sia che essi siano esteriori, come capita per i guai che gli combina il figlio minore, sia che essi siano interiori così come riguarda l’infelicità repressa del figlio maggiore. Amare è sempre difficile, ma Dio cerca di farsi spazio nelle nostre vite sempre, sia quando vanno a rotoli in maniera evidente, sia quando sono un inferno di solitudine che uno prova dentro di sé. Vivere la misericordia è considerare questo Padre più importante dei propri peccati, e più importante delle proprie frustrazioni. È ridare a Lui il primato relativizzando tutto ciò che ci ha condotti fuori strada. Troppo spesso rischiamo di rimanere in ostaggio dei nostri errori, o in ostaggio delle nostre paranoie interiori. Dio, dice Gesù, è un Padre che esce e va incontro a tutti qualunque cosa essi vivano, perché lo scopo di Dio non è salvare il patrimonio o la faccia, ma vedere chi ama felice. Sono le parole che Gesù mette in bocca al padre della parabola per spiegare al figlio maggiore la vera logica della gioia di chi ama: “bisognava far festa e rallegrarsi, perché questo tuo fratello era morto ed è tornato in vita, era perduto ed è stato ritrovato.


Epicoco

Pensieri di Simone Weil...

 Da MISTICA DEL LAVORO

L’esclave est celui à qui il n’est proposé aucun bien comme but de ses fatigues, sinon la simple existence.

La grandeur de l’homme est toujours de recréer sa vie. Recréer ce qui lui est donné. Forger cela même qu’il subit.



!!!

L’éternel seul est invulnérable au temps. Pour qu’une œuvre d’art puisse être admirée toujours, pour qu’un amour, une amitié puissent durer toute une vie (même durer purs toute une journée peut-être), pour qu’une conception de la condition humaine puisse demeurer la même à travers les multiples expériences et les vicissitudes de la fortune — il faut une inspiration qui descende de l’autre côté du ciel.

S.Weil

lunedì 23 febbraio 2026

Intervista a Francesc Torralba Roselló

Francesc Torralba Roselló (Barcelona, 1967) es uno de los pensadores cristianos más influyentes del panorama actual: filósofo y teólogo, catedrático de Ética en la Universitat Ramon Llull, padre de familia numerosa y autor de una extensa obra dedicada a las grandes preguntas sobre el sentido, el sufrimiento, la libertad y Dios.


En 2023 fue distinguido con el Premio Ratzinger, considerado el «Nobel» de la teología, en reconocimiento a una trayectoria que integra la tradición judeocristiana y el debate intelectual contemporáneo en diálogo con la cultura de hoy.


Su último libro, Anatomía de la esperanza (Destino), con el que ha ganado el 58.º Premi Josep Pla de prosa, es un ensayo que explora, desde la filosofía, la literatura y la experiencia personal, los mecanismos que sostienen el espíritu humano cuando todo parece derrumbarse. Lejos de un optimismo ingenuo o de un pesimismo apocalíptico, Torralba propone pensar la esperanza como virtud exigente, que requiere tiempo, comunidad, paciencia y compromiso, en un contexto marcado por guerras, crisis económicas, fragmentación social y confusión moral.


En esta conversación con El Debate, el pensador barcelonés aborda la diferencia entre esperanza humana y esperanza teologal, el combate interior entre la voz que invita a rendirse y la que empuja a seguir luchando, el desencanto de muchos jóvenes ante un futuro precario y el papel decisivo de los testigos silenciosos que sostienen la vida cotidiana lejos de los focos.


Defiende que sin sueños realistas, compartidos y trabajados en comunidad, la sociedad se atomiza y se instala en la desesperación; y concluye con una invitación clara: no dejar de soñar ni de implicarse, incluso cuando todo parece perdido.


–Lo primero que me gustaría es que explicara brevemente qué es Anatomía de la esperanza: qué concepto de esperanza recoge el libro y qué ha querido aportar que no encontraba en otros ensayos.


—Es un libro que trata de diseccionar en qué consiste esta virtud que llamamos esperanza. Intento desarrollar los elementos que la constituyen como quien disecciona un cuerpo humano: la pelvis, la tibia, el peroné, la rótula… Solo que, en el caso de la esperanza, hablamos de un valor, de una realidad intangible. Y ahí está la dificultad: cómo hacer la disección de una virtud.


Para mí hay al menos tres elementos constitutivos. Por un lado, la esperanza tiene siempre que ver con la categoría de posibilidad: una persona esperanzada es alguien capaz de entrever posibilidades en la realidad, en la sociedad, en la familia, en los alumnos. Si no hay posibilidad, no hay esperanza. En segundo lugar, tiene que ver con el futuro: no es algo inmediato, sino confiar en que un bien arduo puede hacerse realidad más adelante, a pesar de obstáculos, adversidades y dificultades. Y, finalmente, remite al bien: la esperanza es siempre confianza en un bien arduo, no en cualquier cosa. Todo esto requiere tiempo, paciencia y tolerancia a la espera; no es inmediato.


Hoy sufrimos lo que llamamos una cultura de la inmediatez: tecleamos y lo tenemos todo: una pizza, un libro, una serie o una canción. La esperanza, en cambio, es confiar en que el bien puede hacerse realidad en el futuro, pero sin que sea algo inmediato ni seguro. No es una evidencia, es una confianza, pero no una garantía de seguridad.


- En un mundo marcado por guerras, crisis económicas y confusiones culturales y morales, ¿qué significa esperar cristianamente sin caer ni en la ingenuidad ni en un apocalipticismo fácil?


- A veces se identifica esperanza con ingenuidad: ser ingenuo, mal informado, casi pueril o infantil. Yo lo que quiero es reivindicar la esperanza precisamente porque contempla que habrá contrariedades. No es la mirada del niño que dice: «Todo es bonito, todo es bello, todo es fácil, todo se consigue sin esfuerzo».


En la esperanza uno sabe que el bien arduo es arduo: es difícil acabar una carrera, sacar adelante un negocio, salir de una adicción, educar a los hijos, tener un piso en Barcelona, todo es difícil. Pero la esperanza es la confianza en que hay posibilidades. Lo que ocurre es que esta esperanza no es solitaria: requiere ayuda de los demás.


Vivimos en sociedades muy atomizadas e individualistas, y por tanto es fácil caer en la desesperación, porque, si yo solo no puedo, me hundo. La esperanza exige creatividad —preguntarse «¿qué podríamos hacer?»— y cooperación: yo no lo veo, pero tú lo ves; tú, ¿cómo lo has hecho?, ¿cómo has salido del atolladero? Donde hay ayuda mutua y comunidad de apoyo, es más fácil mantener la esperanza. Donde hay soledad, una persona sola frente a un problema grande, es fácil que se hunda.


Por tanto, la esperanza no es ingenuidad: contempla las contrariedades, pero confía en que, con ingenio, creatividad y cooperación, será posible reconstruir, será posible desarrollar el proyecto. La historia está llena de ejemplos: pensemos cómo estaba Europa al acabar la Segunda Guerra Mundial, cómo estaban Berlín o Dresde, y en qué ciudades se han convertido. O pensemos en Gaza hoy: quien tiene esperanza afirma que eso puede ser muy distinto en el futuro, pero no vendrá solo. La esperanza exige implicación, compromiso y vinculación, y eso también nos falta. Vivimos en la sociedad de la desvinculación y de la pasividad: «No hay nada que hacer, todo está perdido, ¿para qué implicarme?». Eso nos hace muy débiles.


- ¿Qué papel tiene la fe en la esperanza para usted?


- Creo que hay que distinguir dos tipos de esperanza. En el libro destaco, ante todo, la esperanza como valor humano transversal, que no es patrimonio exclusivo de la religión cristiana, ni de la judía, ni de la musulmana. De hecho, aparecen muchos pensadores ateos, como Camus, que defienden la esperanza. La cita que abre el libro es precisamente de Camus, que se definía como ateo, y dice: «Cuánta esperanza hay en el corazón humano».


Por tanto, la esperanza de la que hablo en el libro es, en primer lugar, un valor humano transversal que toda persona necesita para desarrollar un proyecto: familiar, empresarial, social, académico, científico. Luego está la esperanza como virtud teologal —fe, esperanza y caridad—, que es otro tipo de esperanza: la esperanza en la vida eterna, en la resurrección, en un juicio final, en el encuentro con los seres queridos en la vida de gloria. Esa se relaciona directamente con la fe.


Pero la esperanza como valor humano es imprescindible para cualquiera que empieza algo. Cada año tengo muchos alumnos que empiezan primero de Medicina: tienen la esperanza de llegar a ser médicos. Luego puede venir una guerra, una pandemia, una crisis, un accidente… pero de entrada hay una confianza: «Puedo llegar a ser médico, psicóloga, economista, abogado». Eso no será inmediato: requiere tiempo, tenacidad, compromiso, y no hay seguridad absoluta, porque pueden ocurrir mil eventualidades. Por tanto, es independiente de la fe religiosa; es un valor humano transversal que nos pone en dinamismo y actividad.


Francesc Torralba


- En el libro habla de un combate interior entre desesperación y esperanza. ¿Cuándo ha sentido con más fuerza ese combate en su propia vida?


- Empiezo el libro diciendo que existe un combate interior entre una voz que dice: «No hay nada que hacer, todo está perdido», la voz del desesperado, y otra voz que afirma: «Puedes hacerlo, puedes cambiar, puedes conseguirlo». Hay situaciones en que vence una y pierde la otra, y a la inversa.


No siempre sabemos dónde está la raíz de esa voz que te anima a seguir trabajando. Pero es evidente que, tras un fracaso familiar, académico o laboral, esa voz puede decirte: «Tú puedes, tienes que seguir luchando». En el ámbito educativo, por ejemplo, con algún alumno expulsado cinco veces, cuya madre y padre están desesperados, uno se pregunta: «¿Qué vamos a hacer con este alumno?». Y entonces aparece la pregunta: «¿Y si hiciéramos algo distinto? ¿Y si cambiáramos la estrategia? Quizá conseguiríamos algo».


La esperanza tiene mucho que ver con la creatividad, con la imaginación y con entrever nuevas posibilidades que no habíamos visto, para luego ensayarlas. A veces llega la frustración porque tampoco se encuentra solución. Por eso es tan importante que no sea un combate solitario. Uno ve algo que el otro no ve: «Probemos». Si estás solo, ves lo que ves, y a veces ves muy poco.


- Usted afirma que sobran cínicos y faltan testigos de esperanza. ¿Qué gestos concretos hacen creíble hoy la esperanza en medio del desencanto social?


- Lo digo porque lo que observamos en muchos líderes es cinismo: personas que ya no creen en nada, que han dejado de confiar y que básicamente luchan por su supervivencia política o económica, por su estatus.


En cambio, hay testigos de esperanza que trabajan en lugares muy desconocidos y muy oscuros, y tratan de ser luz. Pienso, por ejemplo, en personas que acompañan a grupos de alcohólicos que han recaído cinco veces en su adicción, y están allí ayudando a que otros salgan de esa esclavitud. O en quienes trabajan con personas atrapadas por la droga o la ludopatía. O en quienes se implican con familias en situación económica muy precaria, buscando empleo o una vivienda social.


Hay miles de testigos anónimos que no aparecen en las redes, ni en las páginas de los periódicos, ni en los telediarios, y que se dejan la piel para mejorar la vida de los demás. El problema es que a menudo nos hacemos una idea de la realidad solo a partir de las noticias que nos llegan. Un ejemplo: que un profesor de instituto abuse de una adolescente de 13 años es noticia. En cambio, que miles de profesores y maestros, de lunes a viernes, se dejen la piel para que sus alumnos aprendan, tengan valores y forjen su futuro, eso no es noticia, pero son la inmensa mayoría.


Por tanto, hay que tener cuidado a la hora de interpretar la realidad únicamente desde las malas noticias. Si no, uno se desespera. Conozco personas que han decidido no consumir noticias, aislarse, vivir en una especie de burbuja, porque los estímulos que reciben son corrosivos. Mientras tanto, hay miles de enfermeras, educadores sociales, médicos y profesores que se dejan la piel para construir futuro, y nunca aparecen en los diarios o en las redes. Ellos son testigos de esperanza.


- Hay mucho desaliento y desánimo, especialmente entre los jóvenes, que ven muy difícil sacarse una carrera, encontrar trabajo o emanciparse. Desde su reflexión, ¿cómo se puede despertar la esperanza en la juventud?


- Este tema me afecta directamente, porque casi cada semana trato con unos 300 jóvenes. Llevo 32 años en la universidad. Comparto, por tanto, el diagnóstico: hay un clima de desánimo que se extiende como un virus, de desaliento, escepticismo, desencanto, casi desesperación. «Mire, profesor, no hay nada que hacer», te dicen.


La imagen que muchos tienen es muy negativa: tener un piso en Barcelona es imposible, conseguir un contrato que no sea basura también, tener una relación sólida es imposible, las relaciones son volátiles —«hoy estoy contigo, mañana no lo sé»—. Además, consumen muchas series distópicas: el mundo que viene será terrible, por el cambio climático, la inteligencia artificial, las guerras, los populismos, los discursos de odio…


¿Cómo se construye un discurso sobre la esperanza? En primer lugar, generando confianza: sí que podéis, pero no solos. En soledad, llorando en la cocina o en el sofá, no cambias nada. Las cosas han cambiado en la historia cuando ha habido implicación, colectividad, grupos y asociaciones que han empujado transformaciones. Así se logró el derecho de la mujer al voto, los derechos de los trabajadores, el reconocimiento de la dignidad de las personas con discapacidad, por poner algunos ejemplos.


En segundo lugar, hay que subrayar que el cambio no es inmediato: la lucha es larga. Unos siembran y otros recogen. Nosotros recogemos lo que otros sembraron hace muchos años. El sistema de educación universal, público y gratuito en España, por ejemplo, es una novedad histórica: hoy todo niño está en la escuela hasta los 16 años, puedan o no pagar sus padres. ¿Cómo se ha logrado? Con sangre, sudor y lágrimas.


Por eso creo que hay que generar confianza y conciencia de que el cambio es posible, y vincularlo a un valor llamado constancia: tenacidad y perseverancia.


- Anatomía de la esperanza bebe de la filosofía y la literatura, pero también, imagino, de la fe. ¿Qué autores le han acompañado más al escribir este libro?


- En la bibliografía recojo fielmente a todos los autores de referencia. Sobre la esperanza hay pensadores fantásticos. Citaré tres que me han acompañado especialmente.


En primer lugar, Gabriel Marcel, filósofo francés existencialista, cristiano, conocido como el filósofo de la esperanza en París y en Francia. En segundo lugar, un filósofo marxista heterodoxo, Ernst Bloch, autor de El principio esperanza, un libro extraordinario. Y, en tercer lugar, Albert Camus, con El mito de Sísifo.


Luego hay muchos más. Citaré dos recientes: El espíritu de la esperanza y La esperanza o la travesía de lo imposible, de Corine Pelluchon. Afortunadamente, el siglo XX ha dejado textos muy sólidos sobre la esperanza, escritos por autores que padecieron muchas calamidades: algunos judíos, otros expulsados, perseguidos, encarcelados, y que, aun así, no perdieron la esperanza.


Me merecen mucha confianza porque, además de escribir filosóficamente de forma solvente, sus biografías no fueron fáciles. Mantener la esperanza cuando todo se desmorona es realmente lo ejemplar y lo difícil. Cuando todo va bien, es muy fácil tener esperanza.


Francesc Torralba, ganador del premio Ratzinger 2023, el rector de la CEU UCH, Higinio Marín, y el capellán Domingo Pacheco, en la inauguración de la Cátedra de Teología Joseph Ratzinger

Francesc Torralba, ganador del premio Ratzinger 2023, el rector de la CEU UCH, Higinio Marín, y el capellán Domingo Pacheco, en la inauguración de la Cátedra de Teología Joseph RatzingerIrene Bernad



- El libro parte también, por lo que se intuye, de su experiencia de desesperación y del silencio de Dios. ¿Qué ha aprendido espiritualmente en esos momentos de oscuridad?


- Este no es un libro sobre el duelo. Sobre el duelo he escrito dos libros muy recientes, a raíz de la muerte de mi hijo de 26 años: No hay palabras y La palabra que me sostiene. Con ellos di por cerrado el tiempo de duelo. Son libros que me ayudaron a mí y veo que ayudan a muchas personas en duelo.


En Anatomía de la esperanza no trato el duelo, sino la desesperación. La desesperación es la ausencia total de posibilidades, la antítesis de la esperanza. Una persona se desespera cuando no ve ninguna posibilidad de encontrar piso, de salir de una adicción, de encontrar trabajo, de educar a su hijo, de rehacer un matrimonio. El resultado extremo de la desesperación es la autodestrucción, el suicidio: cuando uno no ve salida, tiende a desaparecer del mundo.


La esperanza, en cambio, es entrever posibilidades. Pero cuando uno vive en desesperación, hay oscuridad total. En ese punto, la intervención del otro es clave: de otra persona que haya pasado por esa oscuridad y pueda decirte: «Hay salida». Tiene que haber pasado por ahí; si no, el otro responderá: «Tú no sabes lo que estoy viviendo».


Pensemos en alguien que sufre adicción al alcohol. Lo ha intentado cuatro veces y ha recaído cuatro veces: se desespera. Pero llega otro que también fue alcohólico y le dice: «Yo recaí diez veces, pero salí. Tú puedes salir». Ese tiene autoridad moral porque ha pasado por ese «viernes santo», por esa oscuridad.


El que ha pasado por ahí puede convertirse en ejemplo para los demás. Vale para quien se ha quedado en silla de ruedas, para quien ha perdido a un ser querido y ya no quiere vivir más, para quien piensa en tirarse por la ventana. El hecho de que otros hayan podido asumir ese golpe y rehacer su vida puede ayudar. Luego hay que explicar cómo: qué te ha ayudado a salir del atolladero, qué has leído, si has ido a un grupo de duelo, si te ha ayudado la Biblia… Cada uno sabrá, pero compartir ese camino puede ser decisivo.


- Si una persona agotada, desencantada, que aún no le ha leído, solo pudiera quedarse con una frase de su libro para recordar cuando todo parece perdido, ¿cuál le gustaría que fuera?


- Le diría lo siguiente: «No podemos dejar de soñar. No podemos dejar de soñar, a pesar de que los sueños no siempre se cumplen, pero cuando uno deja de soñar, está muerto». Está en la ciudad, pero como un residuo humano, en un estado casi vegetativo. Si no hay sueños, proyectos u horizontes, esa persona está muerta.


Cada uno define su horizonte, pero yo insistiría en que hay que vencer el desánimo y aprender a soñar, proponiéndose sueños que no sean imposibles, sino que nos estimulen a actuar. No tiene que ser ganar el Nobel o unos Juegos Olímpicos, sino, por ejemplo, aprender a bailar, aprender a escribir correctamente o poder tener una relación estable. Sueños que nos impulsen a luchar.

mercoledì 11 febbraio 2026

Poesie...di Carmela Laratta


 

Impigliata nel buio della tua assenza

so molte cose adesso:

l'incompiutezza del dolore, 

la cancellazione progressiva 

della parte certa del nostro volto,

la folle traversata del tempo

ridotto a segreto ingarbugliato

che mostra rughe e perde zolle

centrali di memoria

-poi prende pillole per ricordare 

almeno i nomi-

sopra il grembiule macchie 

di pomodoro,

sull'anima aloni incancreniti scrivono 

che di tramonti si può persino morire


dilaga l'eterea banalità degli azzurri 

-universale come l'ipocrisia-

ma io muto colore

-muto colore 

e cado-


****


Quando si spazzano via parole nude

e senza gesti, - otri vuoti-

troppo grandi e fasulle

per stare in equilibrio da sole...

e la mente fruga negli ultimi alibi

rimasti da ricordare

- i più recenti, infiocchettati

da mistificazioni d'uomo

che salta come canguro

tra i suoi piaceri e non si ferma mai, ingordo di miserrima compiacenza,

là, proprio là,

una donna inizia - sottovoce-

il suo canto alato di resistenza.

Minuta o gigantesca, bionda

o rossiccia, giovane o anziana,

intona il dolore desolato

nella radura di pupille velate

e fiere, lo sverna nell'inchiostro

delle grandi madri, abbassa

le tapparelle, accende il lume

e si avvia verso la luna.

Dove c'è il pallore di una ferita,

ne sfilaccia i bordi contusi,

ne guarda a lungo la porta,

afferra il cuore nelle mani

che hanno tanto accarezzato,

e passa il Confine.

Quando una donna è dall'altra parte delle macerie, non torna indietro.

Il ramo potato resta a terra,

ignorato e corroso dall'acqua,

nel grembo balbuziente della dimenticanza,

graffiato dai becchi insulsi

che verranno dopo di lei...

perché un viandante benedetto

non sbaglia il verso della freccia.

Persino nell'ombra,

nel deserto spinoso, nell'onda

infingarda, conosce sempre

la strada, il santuario possente

e rigoglioso della rinascita.


Carmela Laratta

martedì 10 febbraio 2026

"Più in là"...di Piera Oppezzo

 


Più in là

ci aspettano le foglie morte;

fermiamoci:

qui c’è profumo di rose.

Basta che tu non respiri

perché il futuro muoia.

Così tutto finisce

prima d’aver pianto.

Neanch’io respiro più.

PIERA OPPEZZO

un brano di Katie Kamara


Ci vuole un raro tipo di anima per sollevare intuitivamente un'altra dall'oscurità senza bisogno di brillare.
Per andare incontro alla disperazione non con dottrina, ma con presenza.
Questa non è l'opera della prestazione, è la fatica invisibile dell'amore.
L'atto di ascoltare, profondo e senza un'agenda, è forse uno degli ultimi atti sacri rimasti in un mondo sovraccaricato di rumore.
Perché in quel silenzio si entra generosi, aperti e senza affrettare una guarigione.
Si entra non con sermoni. Non con ricette mediche.
Si entra nel riconoscimento. E si sussurra un quieto: "Non sei solo. Ti vedo. Non distoglierò lo sguardo".
Si, c'è ancora chi resta, fermo, morbido, luminoso.
Non conduce con certezza. Guida con coerenza.
Non salva, ma ricorda.
Ci sono anime che percepiscono il non detto, sentono gli spazi tra le parole e tessono frammenti di intuizione di linee temporali, ferite e quiete rivelazioni che agli altri mancano.
Offrono incoraggiamento alla soglia precisa del collasso, senza ego, senza intrusione.
Hanno la sottile arte di armonizzazione tra intuizione e intelletto, tra empatia radicale e discernimento fondato.
Hanno la capacità di tracciare la logica nascosta del divenire, di direzionare il caos senza affrettare la chiarezza.
Questa forma di tenuta non è facile da insegnare.
Viene coltivata attraverso il dolore trasfigurato in saggezza, attraverso un sistema nervoso addestrato a restare regolato mentre è tra le fiamme di un altro.
Non cercano applausi. Cercano impatto.
Creano entusiasmo non come fuga, ma come accensione.
Ricordano all'altro la sua capacità di sentire, di creare, di scegliere ancora.
Questa è l'essenza dell'alchimia relazionale.
Non è bypass spirituale. È ostetricia esistenziale.
E forse è proprio questa la frontiera a cui ci avviciniamo come specie: un mondo dove la guarigione non è più immersa nelle professioni, ma riconosciuta come abilità civica.
Dove il terapeuta e il mistico, l'allenatore e la sacerdotessa, l'anziano e l'empatico, contribuiscono tutti a un nuovo lessico di cura.
Dove tenere lo spazio è mantenere il potere di dentro, non sopra, ma con.
E in questa economia del cuore, la moneta più preziosa è la capacità di trasmutare il dolore in presenza.
A chi già percorre questo sentiero, senza copione, senza riflettori, eppure con grazia sconcertante, grazie a voi. Ebbene a voi. Che siete i silenziosi architetti di una nuova umanità. Non salvatori. Non guru. Ma specchi. Ponti. Scintille.
Non guidate semplicemente gli altri a se stessi. Ma ricordate loro che non si sono mai persi veramente.
Katie Kamara

domenica 8 febbraio 2026

Robin Hyde tradotto da Emilio Capaccio

   

ACQUA CORRENTE

Siedo accanto a un piccolo ruscello ombroso
e cerco di dire a parole i miei pensieri su di te.
È inutile.
Le acque correnti fremono, chiamano, scintillano,
l'acqua corrente luccica nella mia mente,
azzurra libellula.
Gli iris sono dolci di pioggia mezzo dimenticata.
Le loro teste scure si chinano sotto diademi di rugiada,
un petalo cade e, come una barchetta,
s’aggrappa mentre affoga dove galleggiano i giunchi gialli.
Le acque con morbide dita lo trascinano a fondo.
Così, una a una, le mie fantasie-petalo affogano,
e tutte le parole non nate
cadono, fluttuano, affondano, come uccelli feriti.
Le acque fredde si chiudono su di loro. Grigio argento,
le acque correnti le portano via.


Traduzione di Emilio Capaccio
*
RUNNING WATER
I sit beside a little shadowy stream,
and try to tell in words my thoughts of you.
It is in vain.
The running waters quiver, beckon, gleam,
the running water glitters through my brain,
dragon-fly blue.
The irises are sweet with half-forgotten rain.
Their dark heads bend beneath their diadems of dew,
one petal falls, and, like a little boat,
clings drowning where the yellow rushes float.
The waters with soft fingers draw it down.
So, one by one, my petal fancies drown,
and all my unborn words
fall and flutter and sink, like wounded birds.
Cool waters close above them. Silver-grey,
the running waters hurry them away.

Robin Hyde (1906-1939)

Ah Signore...di Patrizia Valduga


 Ah Signore pietà, Cristo pietà,

per quest’anno di vita irredimita,

del suo sangue nel mio sangue, pietà,

della carne nella terra incarnita

fino a ansimare, per pietà, pietà!,

che vivo la sua vita seppellita,

che vivo inutilmente e inutilmente,

e la parola mi si perde o mente.

Ah padre mio, non faccio che tremare,

e stare dentro me col mio dolore,

piangermi in te, piangermi in te e tremare.

Ti prego, aiutami, pensa al mio cuore,

fammi uscire da me, fammi trovare

favole di pietà, versi d’amore…

Versi d’amore come ai miei vent’anni!

Padre, il mio cuore compie oggi due anni.

Oh, prima ch’io ritorni là con te,

fammi avere qualcosa da portare,

un piccolo qualcosa dentro me,

e non quest’ansia sola, e questo ansare.

Fa’ che possa portarti dentro me

qualcosa perchè possa ritornare

e dirti, padre: «Vedi che ho vissuto:

in me il tuo cuore, no, non si è perduto».

«Patrizia, adesso basta! Per favore.

Vuoi farla eterna quella stomatite?

E la tua forza d’animo? Di cuore?…

Basta con quelle ghiandole impazzite!

Non ricordi? È d’altro che si muore…

Adesso vivile le nostre vite!»

Papà, dimmelo ancora, è così vero…

Ridimmelo, ravvivami al mio vero.

Ecco, papà, io non so dare un nome

a questa nebbia che mi fuma intorno

e che mi nasce dentro e non so come

e mi impedisce la luce del giorno,

e senza nome vivo nel tuo nome,

nella tua luce che non fa più giorno

dal millenovecentonovantuno,

dal due dicembre, al sole di Belluno.

Oh! Angeli del tempo, vi scongiuro,

ridategli il suo volto e la sua voce,

ditegli di venire al limbo oscuro

dove fluisco verso la mia foce;

che senta la sua voce, vi scongiuro,

senza più tempo, senza terra e croce,

che non mi senta più così insensata

quando la mente si sarà calmata.

Papà, ho la rettocolite ulcerosa:

intercedi, proteggi, benedici.

Sanguino sempre, sempre più paurosa

del mio sangue, di tutto… Benedici.

E nella mente dove c’è ogni cosa

tornerò a quando eravamo felici,

stringerò la tua mano che conduce

al coraggio, e nel regno della luce.

Sono poveri versi di preghiera,

reliquia miserabile e funesta,

per sposare quell’alba alla mia sera

nella mia testa, in quello che mi resta

della testa, perchè ogni gioia vera

è stata solo dentro la mia testa,

e scrivo sangue invece di parole:

ritorna, alba di viole. Alba di viole!

Se ti avessi ascoltato quella volta,

io cocciuta, cocciuta ed incosciente,

la giovinezza che mi è stata tolta

me la sarei goduta corpo e mente.

Ma la maturità perchè mi è tolta?

Papà, io vivo vergognosamente

vecchia e malata e sempre adolescente

matta di un sogno che non vuol dir niente.

Palpito d’ali al limite del volo,

tu, palpito di piume tutto ali,

per questo giorno, per un giorno solo,

cavami via da questi criminali,

portami un po’ di giorno, un senso solo

in questa notte postuma di mali,

ché neanche la speranza mi è concessa,

ché vivo come ai piedi di me stessa.

(da "Requiem", Einaudi 2002)

Una poesia di Sohrab Sepehri


 



Bisogna chiudere il libro.

Bisogna passeggiare

nell’orizzonte esteso dell’attimo,

osservare il fiore,

percepire l’ambiguità.

Bisogna correre fino in fondo all’Essere,

fino al profumo terrestre del Nulla,

alla congiunzione di albero e Dio.

Sohrab Sepehri




mercoledì 4 febbraio 2026

Il senso del mondo, secondo Ratzinger

 «Nella vita di Dio, nel suo essere per gli uomini senza riserva alcuna, si rende presente il senso del mondo, che si mostra a noi come amore: amore che ama anche me e, grazie all'ineffabile dono di un amore immune da ogni caducità, da ogni offuscamento egoistico, rende la vita degna di essere vissuta».

Joseph Ratzinger - da "Introduzione al Cristianesimo". Lezioni sul simbolo apostolico

Una poesia di David La Mantia


Sbagliano  strada  e  vengono da  me,

gli  occhi perduti  della  casalinga

che  non  sopporta  più  la  polvere,

i radar dei pipistrelli  impazziti

al rombo  degli  aerei, i  barbagianni

ciechi, i senza  casa,  le  comparse,

i micronizzati della  storia, pronti

a  sbagliare ancora ed  ancora, 

perché  sbagliare è  il nostro  destino 

e  la  strada  giusta per incontrarsi,

per dirsi  addio, per ritrovare

quel che  era, per ascoltare

le  parole che  non  devono

aver diritto  di parola.


David La Mantia

giovedì 29 gennaio 2026

Lucien Bunel, Giusto fra le nazioni

 SERVO DI DIO GIACOMO DI GESÙ

(Lucien Bunel), Sacerdote, Carmelitano Scalzo, Martire
Nella notte più oscura della storia umana la figura di padre Jacques di Gesù, al secolo Lucien Bunel, si erge luminosa. Nel degrado disumano dei campi di concentramento, per la forza del suo amore, per il dono di sé fino all’estremo, P. Jacques diventa il testimone della fede, colui che risponde alla chiamata di Dio nella sua vita, senza esitazione. Egli prega, non a parole, ma con tutta la sua carne e la sua anima. Nessuno riesce a soffocare in lui la fiamma della passione per la vera dignità dell’uomo. Egli condivide tutto ciò che è e tutto ciò che ha, aprendo il cuore e le mani a qualsiasi emergenza del fratello del quale si pone in ascolto sempre, instancabilmente, fino alla fine. La presenza dell’“altro” corre come un leitmotiv in tutta l’esistenza di P. Jacques: egli si occupa di colui che è “altro” a livello sociale, educativo o religioso. «Questa è la vita di un sacerdote. Dimenticare tutto, lasciare tutto, anche la vita per gli altri. Non esistere che per gli altri, che per far loro conoscere e amare Gesù».
Lucien Bunel nasce il 29 gennaio 1900 a Barentin, in Normandia, in una famiglia povera e laboriosa. A 12 anni entra al Seminario di Rouen. Allo scoppio della prima guerra mondiale dovrà interrompere gli studi per svolgere il servizio militare a Montlignon. Tornato in Seminario continua il suo lavoro di educatore all’Istituto S. Giuseppe di Havre. Spesso si ritira con Dio nel silenzio di una cappella di campagna o nella calma e nello splendore della creazione. «Come si sente vicino il buon Dio immersi nella natura!». Organizza visite alle abbazie, ai siti storici e più tardi, anche dei campi estivi per i bambini.
L’11 luglio 1925 è ordinato sacerdote. Accompagna i suoi scouts in Inghilterra, a Plymouth, e lì, durante la conversazione con il capo scout inglese, spiega una delle gioie del sacerdote cattolico: l’emozione che prova quando trasforma il pane, durante la Messa, nel Corpo di Cristo, trovandosi improvvisamente a faccia a faccia con Dio.
Il giovane soldato di Montlignon sognava di diventare un trappista, il sacerdote infaticabile di Havre aspira a diventare un carmelitano: scopre infatti che nel Carmelo è possibile essere un monaco e un apostolo. «Il Carmelo è proprio il mio ideale di vita religiosa: vivere in solitudine con Dio, in un contatto intimo con Lui; lasciare poi il chiostro per andare a portare Dio alle anime; farlo conoscere ed amare… e ritornare poi a ritemprarsi nell’orazione che è il cuore a cuore con Dio!... Il convento può far paura quando lo si vede dall’esterno. È tutto bagnato di luce, di pace e di gioia, quando ci si vive dentro».
Dopo anni di dolorosa attesa, anni imposti dal Vescovo della diocesi riluttante a lasciare partire questo sacerdote fuori dal comune, finalmente il 2 agosto 1931 Lucien entra al Carmelo di Lille.
Il 15 settembre 1932 riceve l’abito e il nome di Jacques de Jésus. «L’uomo vuole trovare la sorgente della vita, una vita piena, una vita infinita…Il Carmelitano Scalzo è alla sorgente della vita... I Carmelitani sono dei ricercatori di Dio. Come Elia, essi affondano nel silenzio e come lui, giorno e notte, essi contemplano Dio, di una contemplazione viva dove il cuore mangia Dio nell’oscura comunione della vita mistica. Non è la solitudine della sterilità, o il silenzio della pigrizia! Questa solitudine è popolata dalla ricca vita di Dio. Il silenzio è pieno dell’immensa voce di Dio».
I suoi Superiori gli affidano la creazione e la direzione di un piccolo collegio, dedicato a S. Teresa di Lisieux. Egli parte dal niente ma infonde un’ “anima” a questa casa, caratterizzata da un’atmosfera familiare di semplicità e di fiducia. Un insegnante esclama: «Moderno collegio, acqua, gas, elettricità… e P. Jacques su tutti i piani». Materialmente, moralmente, intellettualmente e spiritualmente, è proprio lui l’anima della casa: è tutto, si dona a tutti. Per P. Jacques l’istruzione ha un solo obiettivo: «Formare degli uomini... degli uomini liberi… dei santi». Egli risveglia nei giovani il “più” che è in ciascuno, li rende uomini capaci di sviluppare tutte le loro capacità, plasma le loro menti al “gusto del bello” attraverso una formazione letteraria, artistica e musicale. Egli ritiene che bisogna seguire il bambino sempre con tatto ed affetto. «La dolcezza è la caratteristica dell’azione pedagogica, è la disposizione radicale, lo stato d’animo permanente dell’educatore… non è debolezza… è una forza tranquilla, dà pace ed ispira sicurezza, dissipa il turbamento, scioglie l’angoscia».
La vera educazione mira a “liberare” progressivamente il bambino fino a farlo partecipare il più ampiamente possibile alla somma libertà di Dio. Santità e libertà vanno insieme. Egli insegna così ai suoi studenti il risveglio della vita interiore attraverso il silenzio e la contemplazione. “Una testa ben fatta" non è sufficiente se l’anima non è intrisa di spirito di servizio e non è collegata alla vita della grazia. Quando nel 1939 scoppia la guerra è chiamato come cappellano nell’esercito francese. Si mette a fianco di coloro che soffrono, di coloro che sono perseguitati: «se verrò fucilato rallegratevi, perchè avrò realizzato il mio ideale: dare la vita per coloro che soffrono». Tornato al Piccolo Collegio di Avon egli riprende il lavoro di insegnante e, in accordo con il suo Provinciale, ospita e nasconde sotto falso nome tre bambini ebrei per salvarli dalla deportazione.
Il 15 gennaio 1944 la Gestapo riunisce tutti gli studenti nel cortile. P. Jacques viene arrestato ma, prima di essere portato via, guarda gli studenti e grida loro: «Arrivederci ragazzi…A presto!» . I tre bambini ebrei moriranno poche settimane dopo nelle camere a gas di Auschwitz. Dal carcere di Fontainebleau P.Jacques passa a vari campi di concentramento: Compiègne, Sarrebruck, Mauthausen, Güsen. La sua personale missione di carmelitano fiorisce in un “chiostro” di sempre più grandi dimensioni. Di tappa in tappa, il suo cuore e il suo essere si infiammano di carità…«Non conosco che una legge: il Vangelo e la carità». Egli rifiuta così una liberazione comprata al soldo o la clandestinità e sceglie di seguire i suoi compagni di sventura, di farsi compagno di ciascuno di essi. «Abbiamo bisogno di sacerdoti nelle carceri», «Non voglio partire, ci sono troppi scontenti, troppe sofferenze, lo sento, bisogna che resti... Soffrire è il mio lavoro».
E la sua è una scelta coraggiosa: all’interno di un ambiente che non off re protezione o garanzie, si espone in prima persona per salvare chiunque venga oltraggiato, ebrei ed oppositori al regime, e non esita, a rischio della propria vita, a celebrare più volte l’Eucaristia. Discepolo di santa Teresina, ogni sera padre Jacques off re se stesso come vittima d’olocausto all’Amore misericordioso di Dio. Egli avverte l’urgenza di trasformare le baracche in un vero laboratorio di ecumenismo. Sotto il suo sguardo di compassione, i detenuti diventano una grande famiglia. Egli li incontra tutti, cattolici e comunisti, nella loro diversità, senza pregiudizi, senza preconcetti. «Non mi interessa, incontrare dei cristiani. Sono gli altri che mi piacerebbe incontrare». Davanti alla sporcizia ripugnante dell’infermeria, ottiene il permesso di occuparsene. «Egli pulisce i pazienti uno per uno, fa un lavoro sovrumano». La sua generosità e dimenticanza di sè è tale che anche Korff , nazista famoso per i suoi crimini, ne è come incantato: «Che uomo! Non ha che un difetto: quello di non essere nazista!».
Sopporta ogni disagio e ogni persecuzione per “fare il suo purgatorio in terra”. Si priva del riposo per ascoltare, consolare, confessare. «Non ho il diritto di avere più di chiunque altro, perché sono prete e devo dare l’esempio». Egli dona così il suo pane a coloro che sono affamati, offre il suo corpo sacerdotale, briciola dopo briciola, e soddisfa la sua piena dimensione di Eucaristia. Egli lotta per la dignità di ogni uomo, riesce a risvegliare il pensiero e la riflessione, aiuta a rimanere liberi interiormente, anche se il corpo è incatenato, annientato. «Quando si incontrava P. Jacques non si aveva più vergogna di essere uomini… La sua presenza era la prova del Dio vivente”. Egli trae la sua energia di vita e di donazione nella contemplazione di Cristo sulla Croce. “Non c’è dubbio, Cristo è qui, in mezzo a noi, come era sulla Croce, e si può contemplare». Il 5 maggio 1945, il campo è liberato dagli americani. P. Jacques è sempre più debole. Trasferito all’ ospedale di Linz, in Austria, si spegne lentamente. «Per gli ultimi istanti, che mi si lasci solo!»: queste sono state le sue ultime parole. Affetto da tubercolosi muore di stenti il 2 giugno 1945.
Per crucem ad lucem! Sine sanguine non fit redemptio! Qui facit veritatem venit ad lucem: «Con la Croce verso la luce! Senza effusione di sangue non c’è redenzione! Chi fa la verità viene alla luce». Queste ultime parole scritte ad un compagno al campo di Güsen sono una sorta di testamento spirituale che P. Jacques lascia ai suoi amici e ... a noi. Ciò che egli è stato... fratello, amico, sacerdote, infermiere, insegnante, apostolo... trova compimento nei campi dell’orrore.
Tutte le sfaccettature del suo essere si cristallizzano in una sola: egli è l’uomo che irradia Dio perché ha un solo tormento, il tormento di salvare l’uomo. Queste parole evocano il mistero pasquale di morte e risurrezione, lasciano l’ultima parola alla Vita. Quale forza di speranza nella più nera delle notti!
Il 9 Giugno 1985 lo Stato di Israele lo ha onorato come uno dei “Giusti tra le Nazioni”. Due anni più tardi, il regista francese Louis Malle ha reso omaggio al suo ex direttore nel film “Au revoir, les Enfants”. Il processo diocesano è stato aperto il 29 aprile 1997.

Mario Rivero tradotto da Emilio Capaccio

BILANCIO
È terribile non trovare dove andare…
Delle case alcune sono distrutte,
senza letto, al buio e con ragnatele,
con lebbre sui muri e spettri tristi,
altre si innalzano, false come una scenografia.
Del palazzo o della casa incantata
vediamo la tappezzeria lisa, antiquata.
Non c’è bellezza in quel luogo, non c’è mistero,
e continuiamo il nostro cammino isolato,
nel giardino gocciola la fontana della stanchezza.
Ci sono locande che non si aprono più per noi,
con le quali abbiamo perso ogni contatto,
quando, privi di scuse, cerchiamo,
titubanti come uno straniero,
o persino come mendicanti, lontani, estranei…
È terribile non sapere dove andare,
alla fine del giorno morto,
nell’ora in cui talvolta si beve o si uccide.
Scoprire che non c’è sentiero,
non c’è strada, non c’è porta a cui bussare,
nel sorriso fatuo del trionfo,
o nel povero finale, consumata la Casa dell’Anima.

Traduzione di Emilio Capaccio

*

Mario Rivero (1935-2009)

BALANCE
Es terrible no encontrar a dónde ir...
De las casas unas están destruidas,
sin lecho, a oscuras y con telas de araña,
con lepras en los muros y con espectros tristes,
otras se alzan tan falsas como un decorado.
Del palacio o la casa encantada,
la tapicería vemos gastada, anticuada.
No hay belleza en aquel lugar, no hay misterio,
y continuamos nuestro aislado camino,
en el jardín gotea el surtidor del cansancio.
Hay posadas que ya no se abren más por nosotros,
con las que hemos perdido el contacto,
cuando exentos de excusa, buscamos,
titubeantes como un extranjero,
o aun como mendigos, lejanos, extraños...
Es terrible no saber a dónde ir,
al final del día muerto
a la hora en que a veces se bebe, o se mata.
Encontrar que no hay sendero,
no hay camino, no hay puerta, donde llamar,
en la fatua sonrisa del triunfo,
o en el pobre final, consumida ¡la Casa del Alma!

Roddie Edmonds, Giusto fra le nazioni

 Un comandante nazista ordinò ai prigionieri ebrei di farsi avanti.

Invece, 1.275 uomini si mossero all’unisono e dissero:
“Qui siamo tutti ebrei.”
Gennaio 1945. La neve copriva la Germania. La Battaglia delle Ardenne era appena finita, lasciandosi dietro il più sanguinoso scontro per gli americani durante la Seconda Guerra Mondiale. Migliaia di giovani soldati, molti poco più che ragazzi, erano stati catturati e condotti a marce forzate nei campi di prigionia, nel cuore del territorio nazista.
Lo Stalag IX-A, vicino alla città di Ziegenhain, era uno di quei luoghi.
Filo spinato, torrette, uomini che avevano smesso di credere che sarebbero tornati a casa.
Tra loro c’era il sergente maggiore Roddie Edmonds, 25 anni, di Knoxville, Tennessee. Era il sottufficiale di grado più alto nella sezione americana del campo. Responsabile di 1.275 prigionieri.
Poi arrivò l’ordine che avrebbe messo alla prova ogni suo valore:
il comandante del campo, il maggiore Siegmann, fanatico nazista, ordinò che l’indomani tutti i prigionieri americani di religione ebraica si facessero avanti durante l’appello.
Quegli uomini capirono subito. Non era un censimento.
Chi veniva separato come ebreo… non tornava più.
Le voci erano arrivate anche nei campi: deportazioni, sparizioni, campi da cui non si usciva.
Alcuni ebrei pensarono di obbedire, per risparmiare ai compagni cristiani punizioni o rappresaglie. Sapevano cosa significava sfidare un ordine nazista: botte, fame, pallottole.
Ma Roddie Edmonds fece un’altra scelta.
Quella notte, tra le baracche gelide, parlò agli uomini. Disse solo questo:
“Domattina, tutti avanti. Tutti.”
Non fu una richiesta. Fu un ordine.
Era un atto di fede nella più pericolosa delle verità: il coraggio è contagioso, quando qualcuno osa essere il primo.
L’alba arrivò grigia e tagliente. I prigionieri si schierarono.
Il maggiore Siegmann uscì aspettandosi di vedere una manciata di ebrei separati dagli altri. Facili da isolare. Facili da far sparire.
Invece vide qualcosa che gli mozzò il fiato:
1.275 uomini schierati insieme. Uniti.
Protestanti, cattolici, ebrei. Contadini dell’Iowa, operai di Detroit, studenti di New York. Tutti in piedi. Nessuno escluso.
Siegmann impallidì, poi diventò viola dalla rabbia. Si avvicinò a Edmonds.
“Non possono essere tutti ebrei!” urlò.
Roddie lo guardò dritto negli occhi. In piedi. Calmo. Fermo.
“Qui siamo tutti ebrei.”
Il comandante estrasse la pistola. Un clic secco, gelido.
La punta della Luger premuta sulla fronte di Edmonds.
“Ordina agli ebrei di farsi avanti, o ti sparo subito.”
Edmonds non indietreggiò. Non tremò. Non distolse lo sguardo.
“Secondo la Convenzione di Ginevra, possiamo dire solo nome, grado e matricola.
Se mi uccidi, dovrai uccidere anche tutti loro. E dopo la guerra, sarai processato per crimini di guerra.”
Il silenzio si fece insostenibile.
Il dito di Siegmann era sul grilletto.
Ma Edmonds sapeva una cosa: la guerra stava finendo. La Germania stava perdendo. Gli americani e i russi avanzavano. E i nazisti che avessero giustiziato prigionieri americani sarebbero finiti sulla forca.
Siegmann sapeva che era vero.
Abbassò la pistola. Tremante. Guardò quella massa di uomini che non si erano piegati.
Non disse una parola. Girò le spalle e se ne andò.
Quel giorno, duecento soldati ebrei rimasero vivi perché 1.275 uomini scelsero di non lasciarli soli.
La guerra finì. Edmonds tornò a casa, sposò la sua fidanzata, ebbe una famiglia. Visse una vita semplice.
Non raccontò mai cosa aveva fatto.
Non cercò medaglie.
Per lui non era eroismo. Era solo… fare la cosa giusta.
Morì nel 1985. Suo figlio, anni dopo, iniziò a indagare sul suo passato. E scoprì la verità. I sopravvissuti ricordavano tutto.
Quel mattino gelido. Quella frase. Quel sergente del Tennessee che, con un solo gesto, aveva insegnato che il coraggio non è l’assenza di paura.
È rifiutarsi di abbandonare il fratello accanto a te.
Nel 2015, Roddie Edmonds fu riconosciuto da Yad Vashem come Giusto tra le Nazioni.
Il primo — e unico — soldato americano ad aver ricevuto questo onore.
Ma lui l’onore più grande lo aveva già ricevuto:
duecento uomini poterono tornare a casa.
Perché quando l’odio pretese di scegliere chi meritava di vivere…
1.275 soldati risposero con la sola verità che conta: tutti.
“Qui siamo tutti ebrei” non fu solo sfida.
Fu una dichiarazione d’umanità.
Un modo per cancellare una linea disegnata dall’odio… semplicemente scegliendo di restare tutti dall’altra parte. Insieme.
Non è solo così che si batte il male.
È così che si diventa invincibili.
𝐕𝐢𝐚𝐠𝐠𝐢𝐨 𝐧𝐞𝐥𝐥𝐚 𝐒𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚