Francesc Torralba Roselló (Barcelona, 1967) es uno de los pensadores cristianos más influyentes del panorama actual: filósofo y teólogo, catedrático de Ética en la Universitat Ramon Llull, padre de familia numerosa y autor de una extensa obra dedicada a las grandes preguntas sobre el sentido, el sufrimiento, la libertad y Dios.
En 2023 fue distinguido con el Premio Ratzinger, considerado el «Nobel» de la teología, en reconocimiento a una trayectoria que integra la tradición judeocristiana y el debate intelectual contemporáneo en diálogo con la cultura de hoy.
Su último libro, Anatomía de la esperanza (Destino), con el que ha ganado el 58.º Premi Josep Pla de prosa, es un ensayo que explora, desde la filosofía, la literatura y la experiencia personal, los mecanismos que sostienen el espíritu humano cuando todo parece derrumbarse. Lejos de un optimismo ingenuo o de un pesimismo apocalíptico, Torralba propone pensar la esperanza como virtud exigente, que requiere tiempo, comunidad, paciencia y compromiso, en un contexto marcado por guerras, crisis económicas, fragmentación social y confusión moral.
En esta conversación con El Debate, el pensador barcelonés aborda la diferencia entre esperanza humana y esperanza teologal, el combate interior entre la voz que invita a rendirse y la que empuja a seguir luchando, el desencanto de muchos jóvenes ante un futuro precario y el papel decisivo de los testigos silenciosos que sostienen la vida cotidiana lejos de los focos.
Defiende que sin sueños realistas, compartidos y trabajados en comunidad, la sociedad se atomiza y se instala en la desesperación; y concluye con una invitación clara: no dejar de soñar ni de implicarse, incluso cuando todo parece perdido.
–Lo primero que me gustaría es que explicara brevemente qué es Anatomía de la esperanza: qué concepto de esperanza recoge el libro y qué ha querido aportar que no encontraba en otros ensayos.
—Es un libro que trata de diseccionar en qué consiste esta virtud que llamamos esperanza. Intento desarrollar los elementos que la constituyen como quien disecciona un cuerpo humano: la pelvis, la tibia, el peroné, la rótula… Solo que, en el caso de la esperanza, hablamos de un valor, de una realidad intangible. Y ahí está la dificultad: cómo hacer la disección de una virtud.
Para mí hay al menos tres elementos constitutivos. Por un lado, la esperanza tiene siempre que ver con la categoría de posibilidad: una persona esperanzada es alguien capaz de entrever posibilidades en la realidad, en la sociedad, en la familia, en los alumnos. Si no hay posibilidad, no hay esperanza. En segundo lugar, tiene que ver con el futuro: no es algo inmediato, sino confiar en que un bien arduo puede hacerse realidad más adelante, a pesar de obstáculos, adversidades y dificultades. Y, finalmente, remite al bien: la esperanza es siempre confianza en un bien arduo, no en cualquier cosa. Todo esto requiere tiempo, paciencia y tolerancia a la espera; no es inmediato.
Hoy sufrimos lo que llamamos una cultura de la inmediatez: tecleamos y lo tenemos todo: una pizza, un libro, una serie o una canción. La esperanza, en cambio, es confiar en que el bien puede hacerse realidad en el futuro, pero sin que sea algo inmediato ni seguro. No es una evidencia, es una confianza, pero no una garantía de seguridad.
- En un mundo marcado por guerras, crisis económicas y confusiones culturales y morales, ¿qué significa esperar cristianamente sin caer ni en la ingenuidad ni en un apocalipticismo fácil?
- A veces se identifica esperanza con ingenuidad: ser ingenuo, mal informado, casi pueril o infantil. Yo lo que quiero es reivindicar la esperanza precisamente porque contempla que habrá contrariedades. No es la mirada del niño que dice: «Todo es bonito, todo es bello, todo es fácil, todo se consigue sin esfuerzo».
En la esperanza uno sabe que el bien arduo es arduo: es difícil acabar una carrera, sacar adelante un negocio, salir de una adicción, educar a los hijos, tener un piso en Barcelona, todo es difícil. Pero la esperanza es la confianza en que hay posibilidades. Lo que ocurre es que esta esperanza no es solitaria: requiere ayuda de los demás.
Vivimos en sociedades muy atomizadas e individualistas, y por tanto es fácil caer en la desesperación, porque, si yo solo no puedo, me hundo. La esperanza exige creatividad —preguntarse «¿qué podríamos hacer?»— y cooperación: yo no lo veo, pero tú lo ves; tú, ¿cómo lo has hecho?, ¿cómo has salido del atolladero? Donde hay ayuda mutua y comunidad de apoyo, es más fácil mantener la esperanza. Donde hay soledad, una persona sola frente a un problema grande, es fácil que se hunda.
Por tanto, la esperanza no es ingenuidad: contempla las contrariedades, pero confía en que, con ingenio, creatividad y cooperación, será posible reconstruir, será posible desarrollar el proyecto. La historia está llena de ejemplos: pensemos cómo estaba Europa al acabar la Segunda Guerra Mundial, cómo estaban Berlín o Dresde, y en qué ciudades se han convertido. O pensemos en Gaza hoy: quien tiene esperanza afirma que eso puede ser muy distinto en el futuro, pero no vendrá solo. La esperanza exige implicación, compromiso y vinculación, y eso también nos falta. Vivimos en la sociedad de la desvinculación y de la pasividad: «No hay nada que hacer, todo está perdido, ¿para qué implicarme?». Eso nos hace muy débiles.
- ¿Qué papel tiene la fe en la esperanza para usted?
- Creo que hay que distinguir dos tipos de esperanza. En el libro destaco, ante todo, la esperanza como valor humano transversal, que no es patrimonio exclusivo de la religión cristiana, ni de la judía, ni de la musulmana. De hecho, aparecen muchos pensadores ateos, como Camus, que defienden la esperanza. La cita que abre el libro es precisamente de Camus, que se definía como ateo, y dice: «Cuánta esperanza hay en el corazón humano».
Por tanto, la esperanza de la que hablo en el libro es, en primer lugar, un valor humano transversal que toda persona necesita para desarrollar un proyecto: familiar, empresarial, social, académico, científico. Luego está la esperanza como virtud teologal —fe, esperanza y caridad—, que es otro tipo de esperanza: la esperanza en la vida eterna, en la resurrección, en un juicio final, en el encuentro con los seres queridos en la vida de gloria. Esa se relaciona directamente con la fe.
Pero la esperanza como valor humano es imprescindible para cualquiera que empieza algo. Cada año tengo muchos alumnos que empiezan primero de Medicina: tienen la esperanza de llegar a ser médicos. Luego puede venir una guerra, una pandemia, una crisis, un accidente… pero de entrada hay una confianza: «Puedo llegar a ser médico, psicóloga, economista, abogado». Eso no será inmediato: requiere tiempo, tenacidad, compromiso, y no hay seguridad absoluta, porque pueden ocurrir mil eventualidades. Por tanto, es independiente de la fe religiosa; es un valor humano transversal que nos pone en dinamismo y actividad.
Francesc Torralba
- En el libro habla de un combate interior entre desesperación y esperanza. ¿Cuándo ha sentido con más fuerza ese combate en su propia vida?
- Empiezo el libro diciendo que existe un combate interior entre una voz que dice: «No hay nada que hacer, todo está perdido», la voz del desesperado, y otra voz que afirma: «Puedes hacerlo, puedes cambiar, puedes conseguirlo». Hay situaciones en que vence una y pierde la otra, y a la inversa.
No siempre sabemos dónde está la raíz de esa voz que te anima a seguir trabajando. Pero es evidente que, tras un fracaso familiar, académico o laboral, esa voz puede decirte: «Tú puedes, tienes que seguir luchando». En el ámbito educativo, por ejemplo, con algún alumno expulsado cinco veces, cuya madre y padre están desesperados, uno se pregunta: «¿Qué vamos a hacer con este alumno?». Y entonces aparece la pregunta: «¿Y si hiciéramos algo distinto? ¿Y si cambiáramos la estrategia? Quizá conseguiríamos algo».
La esperanza tiene mucho que ver con la creatividad, con la imaginación y con entrever nuevas posibilidades que no habíamos visto, para luego ensayarlas. A veces llega la frustración porque tampoco se encuentra solución. Por eso es tan importante que no sea un combate solitario. Uno ve algo que el otro no ve: «Probemos». Si estás solo, ves lo que ves, y a veces ves muy poco.
- Usted afirma que sobran cínicos y faltan testigos de esperanza. ¿Qué gestos concretos hacen creíble hoy la esperanza en medio del desencanto social?
- Lo digo porque lo que observamos en muchos líderes es cinismo: personas que ya no creen en nada, que han dejado de confiar y que básicamente luchan por su supervivencia política o económica, por su estatus.
En cambio, hay testigos de esperanza que trabajan en lugares muy desconocidos y muy oscuros, y tratan de ser luz. Pienso, por ejemplo, en personas que acompañan a grupos de alcohólicos que han recaído cinco veces en su adicción, y están allí ayudando a que otros salgan de esa esclavitud. O en quienes trabajan con personas atrapadas por la droga o la ludopatía. O en quienes se implican con familias en situación económica muy precaria, buscando empleo o una vivienda social.
Hay miles de testigos anónimos que no aparecen en las redes, ni en las páginas de los periódicos, ni en los telediarios, y que se dejan la piel para mejorar la vida de los demás. El problema es que a menudo nos hacemos una idea de la realidad solo a partir de las noticias que nos llegan. Un ejemplo: que un profesor de instituto abuse de una adolescente de 13 años es noticia. En cambio, que miles de profesores y maestros, de lunes a viernes, se dejen la piel para que sus alumnos aprendan, tengan valores y forjen su futuro, eso no es noticia, pero son la inmensa mayoría.
Por tanto, hay que tener cuidado a la hora de interpretar la realidad únicamente desde las malas noticias. Si no, uno se desespera. Conozco personas que han decidido no consumir noticias, aislarse, vivir en una especie de burbuja, porque los estímulos que reciben son corrosivos. Mientras tanto, hay miles de enfermeras, educadores sociales, médicos y profesores que se dejan la piel para construir futuro, y nunca aparecen en los diarios o en las redes. Ellos son testigos de esperanza.
- Hay mucho desaliento y desánimo, especialmente entre los jóvenes, que ven muy difícil sacarse una carrera, encontrar trabajo o emanciparse. Desde su reflexión, ¿cómo se puede despertar la esperanza en la juventud?
- Este tema me afecta directamente, porque casi cada semana trato con unos 300 jóvenes. Llevo 32 años en la universidad. Comparto, por tanto, el diagnóstico: hay un clima de desánimo que se extiende como un virus, de desaliento, escepticismo, desencanto, casi desesperación. «Mire, profesor, no hay nada que hacer», te dicen.
La imagen que muchos tienen es muy negativa: tener un piso en Barcelona es imposible, conseguir un contrato que no sea basura también, tener una relación sólida es imposible, las relaciones son volátiles —«hoy estoy contigo, mañana no lo sé»—. Además, consumen muchas series distópicas: el mundo que viene será terrible, por el cambio climático, la inteligencia artificial, las guerras, los populismos, los discursos de odio…
¿Cómo se construye un discurso sobre la esperanza? En primer lugar, generando confianza: sí que podéis, pero no solos. En soledad, llorando en la cocina o en el sofá, no cambias nada. Las cosas han cambiado en la historia cuando ha habido implicación, colectividad, grupos y asociaciones que han empujado transformaciones. Así se logró el derecho de la mujer al voto, los derechos de los trabajadores, el reconocimiento de la dignidad de las personas con discapacidad, por poner algunos ejemplos.
En segundo lugar, hay que subrayar que el cambio no es inmediato: la lucha es larga. Unos siembran y otros recogen. Nosotros recogemos lo que otros sembraron hace muchos años. El sistema de educación universal, público y gratuito en España, por ejemplo, es una novedad histórica: hoy todo niño está en la escuela hasta los 16 años, puedan o no pagar sus padres. ¿Cómo se ha logrado? Con sangre, sudor y lágrimas.
Por eso creo que hay que generar confianza y conciencia de que el cambio es posible, y vincularlo a un valor llamado constancia: tenacidad y perseverancia.
- Anatomía de la esperanza bebe de la filosofía y la literatura, pero también, imagino, de la fe. ¿Qué autores le han acompañado más al escribir este libro?
- En la bibliografía recojo fielmente a todos los autores de referencia. Sobre la esperanza hay pensadores fantásticos. Citaré tres que me han acompañado especialmente.
En primer lugar, Gabriel Marcel, filósofo francés existencialista, cristiano, conocido como el filósofo de la esperanza en París y en Francia. En segundo lugar, un filósofo marxista heterodoxo, Ernst Bloch, autor de El principio esperanza, un libro extraordinario. Y, en tercer lugar, Albert Camus, con El mito de Sísifo.
Luego hay muchos más. Citaré dos recientes: El espíritu de la esperanza y La esperanza o la travesía de lo imposible, de Corine Pelluchon. Afortunadamente, el siglo XX ha dejado textos muy sólidos sobre la esperanza, escritos por autores que padecieron muchas calamidades: algunos judíos, otros expulsados, perseguidos, encarcelados, y que, aun así, no perdieron la esperanza.
Me merecen mucha confianza porque, además de escribir filosóficamente de forma solvente, sus biografías no fueron fáciles. Mantener la esperanza cuando todo se desmorona es realmente lo ejemplar y lo difícil. Cuando todo va bien, es muy fácil tener esperanza.
Francesc Torralba, ganador del premio Ratzinger 2023, el rector de la CEU UCH, Higinio Marín, y el capellán Domingo Pacheco, en la inauguración de la Cátedra de Teología Joseph Ratzinger
Francesc Torralba, ganador del premio Ratzinger 2023, el rector de la CEU UCH, Higinio Marín, y el capellán Domingo Pacheco, en la inauguración de la Cátedra de Teología Joseph RatzingerIrene Bernad
- El libro parte también, por lo que se intuye, de su experiencia de desesperación y del silencio de Dios. ¿Qué ha aprendido espiritualmente en esos momentos de oscuridad?
- Este no es un libro sobre el duelo. Sobre el duelo he escrito dos libros muy recientes, a raíz de la muerte de mi hijo de 26 años: No hay palabras y La palabra que me sostiene. Con ellos di por cerrado el tiempo de duelo. Son libros que me ayudaron a mí y veo que ayudan a muchas personas en duelo.
En Anatomía de la esperanza no trato el duelo, sino la desesperación. La desesperación es la ausencia total de posibilidades, la antítesis de la esperanza. Una persona se desespera cuando no ve ninguna posibilidad de encontrar piso, de salir de una adicción, de encontrar trabajo, de educar a su hijo, de rehacer un matrimonio. El resultado extremo de la desesperación es la autodestrucción, el suicidio: cuando uno no ve salida, tiende a desaparecer del mundo.
La esperanza, en cambio, es entrever posibilidades. Pero cuando uno vive en desesperación, hay oscuridad total. En ese punto, la intervención del otro es clave: de otra persona que haya pasado por esa oscuridad y pueda decirte: «Hay salida». Tiene que haber pasado por ahí; si no, el otro responderá: «Tú no sabes lo que estoy viviendo».
Pensemos en alguien que sufre adicción al alcohol. Lo ha intentado cuatro veces y ha recaído cuatro veces: se desespera. Pero llega otro que también fue alcohólico y le dice: «Yo recaí diez veces, pero salí. Tú puedes salir». Ese tiene autoridad moral porque ha pasado por ese «viernes santo», por esa oscuridad.
El que ha pasado por ahí puede convertirse en ejemplo para los demás. Vale para quien se ha quedado en silla de ruedas, para quien ha perdido a un ser querido y ya no quiere vivir más, para quien piensa en tirarse por la ventana. El hecho de que otros hayan podido asumir ese golpe y rehacer su vida puede ayudar. Luego hay que explicar cómo: qué te ha ayudado a salir del atolladero, qué has leído, si has ido a un grupo de duelo, si te ha ayudado la Biblia… Cada uno sabrá, pero compartir ese camino puede ser decisivo.
- Si una persona agotada, desencantada, que aún no le ha leído, solo pudiera quedarse con una frase de su libro para recordar cuando todo parece perdido, ¿cuál le gustaría que fuera?
- Le diría lo siguiente: «No podemos dejar de soñar. No podemos dejar de soñar, a pesar de que los sueños no siempre se cumplen, pero cuando uno deja de soñar, está muerto». Está en la ciudad, pero como un residuo humano, en un estado casi vegetativo. Si no hay sueños, proyectos u horizontes, esa persona está muerta.
Cada uno define su horizonte, pero yo insistiría en que hay que vencer el desánimo y aprender a soñar, proponiéndose sueños que no sean imposibles, sino que nos estimulen a actuar. No tiene que ser ganar el Nobel o unos Juegos Olímpicos, sino, por ejemplo, aprender a bailar, aprender a escribir correctamente o poder tener una relación estable. Sueños que nos impulsen a luchar.